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miércoles, junio 10, 2009

El leñador tenaz




Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel. El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque. El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles.

-Te felicito-le dijo el capataz-. Sigue así.

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano.

A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

-Debo de estar cansado—pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol. Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento. El capataz le preguntó:

-¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?

-¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar, he estado demasiado ocupado talando árboles.

¿De qué sirve empezar con un enorme esfuerzo que pronto se volverá insuficiente? Cuando me esfuerzo, el tiempo de recuperación nunca es suficiente para optimizar mi rendimiento.
Descansar, cambiar de ocupación, hacer otras cosas, es muchas veces una manera de afilar nuestras herramientas. Seguir haciendo algo a la fuerza, en cambio, es un vano intento de reemplazar con voluntad la incapacidad de un individuo en un momento determinado.


Extraido del libro: Causas motivacionales, de Abelardo Cruz Beauregard

Tierras del sur


Amanece con gotas de rocio,
entonando la tierra al sol.
De color tinto un rio,
cruzando las minas que le dan color.

Tierra de navegantes,
que acompañaron al descubridor.
Sierras colindantes,
de donde nace el buen sabor.

Aterciopeladas playas al sur,
bañadas por un océano azul.
Donde al perderse el sol,
un atardecer te regala con calor.

Al sur nacen estas tierras,
donde se vive con alegría.
Al sur escribo estas letras,
a Huelva, tierra de simpatia.

martes, junio 02, 2009

La visita de tu vida




Un señor hacía una gira turística por Europa. Al llegar al Reino Unido, compró en el aeropuerto una especie de guía de los castillos de las islas. Algunos tenían días de visita y otros, horarios muy estrictos. Pero el más llamativo era el que se presentaba como "La visita de tu vida".

En las fotos, por lo menos, parecía un castillo ni más ni menos espectacular que otros, pero se lo recomendaba muy especialmente... Se explicaba allí que, por razones que después secomprenderían, las visitas no se pagaban por anticipado, pero era imprescindible pactar una cita; es decir, día y hora.

Intrigado por lo diferente de la propuesta, el hombre llamó desde su hotel esa misma tarde y acordó un horario. Las cosas han sido siempre iguales en el mundo: basta que uno tenga una cita importante, con hora precisa y necesidad de ser puntual, para que todo se complique. Esta no fue la excepción y diez minutos más tarde de la hora pactada, el turista llegó al palacio.

Se presentó ante un hombre con falda a cuadros que lo esperaba y que le dio la bienvenida.

-"¿Los demás ya pasaron con el guía?", consultó al no ver a ningún otro visitante.

-"¿Los demás? -repreguntó el hombre- No. . . las visitas son individuales y no tenemos guías que ofrecer".

Sin hacerle mención del horario, le explicó un poco de la historia del castillo y le refirió algunos detalles sobre los que debía prestar especial atención. Las pinturas en los muros. Las armaduras del altillo. Las máquinas de guerra del salón norte, debajo de la escalera, las catacumbas y la sala de torturas en la mazmorra.

Dicho esto, le dio una cuchara y le pidió que la
sostuviera en forma horizontal, con la parte cóncava
hacia el techo.

-"¿Y esto?", preguntó el visitante.

-"Nosotros no cobramos un derecho de visita -aclaró el recepcionista- Para evaluar el costo de su paseo recurrimos a este mecanismo. Cada visitante lleva una cuchara como esta, llena hasta el borde de arena fina. Aquí caben exactamente 100 gramos. Después de recorrer el castillo pesamos la arena que ha quedado en la cuchara y le cobramos una libra por cada gramo que haya perdido... Una manera de evaluar el costo de la limpieza", concluyó.

-"¿Y si no pierdo ni un gramo?".

-"Ah, mi querido señor, entonces su visita al castillo será gratuita"

Entre divertido y sorprendido por la propuesta, el hombre vio cómo el anfitrión colmaba de arena la cuchara y comenzó su viaje. Confiando en su pulso, subió las escaleras muy despacio y con la vista fija en la cuchara.

Al llegar arriba, a la sala de armaduras, prefirió no entrar porque le pareció que el viento haría volar la arena y decidió bajar de manera cuidadosa.

Al pasar junto al salón que exhibía las máquinas de guerra, debajo de la escalera, se dio cuenta de que para verlas con detenimiento, era necesario inclinarse muy forzado y sostenerse de la barandilla.

No era peligroso para su integridad, pero hacerlo implicaba la certeza de derramar algo del contenido de su cuchara, así que se conformó con mirarlas desde lejos. Otro tanto, le pasó con la más que empinada escalera que conducía a las mazmorras.

Por el pasillo, de regreso al punto de partida, caminó contento hacia el hombre de la falda escocesa que lo aguardaba con una balanza. Allí vació el contenido de su cuchara y esperó el dictamen.

-"Asombroso, ha perdido menos de medio gramo -anunció- lo felicito y tal como usted predijo, esta visita le ha salido gratis".

-"Gracias...".

-"Y... ¿ha disfrutado de la visita?", preguntó el de la recepción.

El turista dudó y, por último, decidió ser sincero.

-"La verdad es que no mucho. Estaba tan ocupado en cuidar de la arena que no tuve oportunidad de mirar lo que usted me señaló".

-"Pero... ¡Qué barbaridad!... Mire, voy a hacer una excepción. Voy a llenarle otra vez la cuchara, porque es la norma, pero ahora olvídese de cuánto derrama; faltan 12 minutos para el turno del próximo visitante. Vaya y regrese antes de que él llegue".

Sin perder tiempo, el hombre tomó la cuchara, corrió hacia el altillo, al llegar allí dio una mirada rápida a lo que había, bajó más que corriendo a las mazmorras y llenó las escaleras de arena. No se quedó casi ni un momento porque los minutos pasaban y prácticamente voló hacia el pasaje debajo de la escalera. Al inclinarse para entrar, se le cayó la cuchara y derramó todo el contenido.
Miró su reloj: habían pasado 11 minutos.

Dejó otra vez sin ver las máquinas y corrió hasta el hombre de la entrada a quien le entregó la
cuchara vacía.

-"Bueno, esta vez sin arena, pero no se preocupe, tenemos un trato".

-"¿Qué tal? ¿Ahora, disfrutó la visita?"

Otra vez el visitante dudó unos momentos y respondió:

-"La verdad es que no; estuve tan ocupado en llegar antes que el otro, que perdí toda la arena, pero igual no disfruté nada".

El hombre de la falda, encendió su pipa y le dijo:

-"Hay quienes cuando recorren el castillo, "la visita de su vida", tratan de que no les cueste nada, no pueden disfrutarlo. Hay otros tan apurados en llegar pronto, que lo pierden todo sin disfrutarlo. Unos pocos, aprenden esta lección y se toman su tiempo para cada recorrido. Descubren y disfrutan cada rincón, cada paso. Saben que no será gratuito, pero entienden que los costos de vivir valen la pena".


Extraido: Cuenta conmigo, Jorge Bucay

jueves, mayo 28, 2009

A la luna


Dicen que te vieron soñar,
dibujando miles de estrellas a tu alrededor.
Alimentando las olas del mar,
inspirando a los poetas en el amor.

Dicen que iluminas el camino,
cuando la oscuridad se torna infinito.
Dando consejos al que anda perdido,
alimentando a la conciencia que se haya en si mismo.

Dicen que descansas durante el dia,
porque la noche fortalece los sentimentos.
Dicen que cuando te reflejas en el mar con alegria,
eres lo mas bonito de la vida.

Porque, dicen luna de plata,
que naciste de los sentimientos.
Regalando cada noche momentos,
con letras, sentimientos y magia.

martes, mayo 26, 2009

Historia de una mariposa



Cuentan que un hombre, mientras paseaba por un campo cercano a su casa, encontró un capullo de mariposa y se lo llevó a casa para poder ver cómo nacía. Un día se dió cuenta de que había un pequeño orificio en el capullo, y entonces se sentó a observar, durante varias horas, cómo la mariposa luchaba para poder salir de allí.

Vio cómo se esforzaba para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio. Hubo un momento en el que parecía que ya no progresaba en su intento. Daba la sensación de que se había quedado trabada. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y, con unas tijeras pequeñas, hizo un corte lateral en el orificio para agrandarlo y facilitarle la salida. Así fue como la mariposa vió la luz. No obstante, tenía el cuerpo muy hinchado y las alas pequeñas y dobladas.
El hombre continuó observando, esperando a que, en cualquier momento, las alas se desdoblarían y crecerían lo suficiente para soportar el peso del pequeño cuerpo de la mariposa. Nada de eso sucedió, y la mariposa sólo podía arrastrarse en círculos, con su cuerpo deformado y las alas dobladas... Nunca llegó a volar.
Lo que en su ignorancia no entendió el hombre, inmerso en su espíritu salvador, es que la restricción de la abertura del capullo, y la lucha de la mariposa por salir a través del agujero diminuto, era la forma en que la naturaleza forzaba a los fluidos de su cuerpo a ir hacia las alas a fin de que se hicieran grandes y fuertes para poder volar.

La libertad y el vuelo sólo pueden llegar después de la lucha y el esfuerzo. Y al privar a la mariposa de su lucha, ayudándola a salir del capullo, también le privó de su libertad y de su capacidad de llegar al cielo.

Extraido del libro: Aplícate el cuento, de Jaume Soler y M. Mercé Conangla

martes, mayo 19, 2009

El circulo del noventa y nueve




Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.

Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mandó a llamar.

- Paje, -le dijo-, ¿cuál es el secreto?.
- ¿Qué secreto, Majestad?.
- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?.
- No hay ningún secreto, ¡Alteza!.
- No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
- ¿Por qué está siempre alegre y feliz?, ¿por qué?.

- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?.

- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -dijo el rey-. Nadie puede ser feliz por esas razones que haz dado.

- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...

- ¡Vete, vete antes de que llame al verdugo!.

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

- ¿Por qué él es feliz?.
- Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
- ¿Fuera del círculo?.
- Así es.
- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?.
- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
- Así es.
- ¿Y cómo salió?.
- ¿Nunca entró?.
- ¿Qué círculo es ese?.
- El círculo del 99.
- Verdaderamente, no te entiendo nada.
- La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
- ¿Cómo?.
- Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
- Eso, obliguémoslo a entrar.
- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
- Entonces habrá que engañarlo.
- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito.
- ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?.
- Si, se dará cuenta.
- Entonces no entrará.
- No lo podrá evitar.

- ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?-. Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?.
- Sí.
- Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!.
- ¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso?.
- Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: "Este tesoro es tuyo". Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste. "Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido de la bolsa sobre la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían, ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él.

El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60..., hasta que formó la última pila: ¡¡¡9 monedas!!! Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. "No puede ser", pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

- ¡Me robaron -gritó- me robaron, malditos!.

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro, "sólo 99". "99 monedas. Es mucho dinero", pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo, -pensaba-, Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitará trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.

"Doce años es mucho tiempo", pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡¡¡Era demasiado tiempo!!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender...

Vender... Vender... Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a sumo a cien. El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99... Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa? -preguntó el rey de buen modo-.
- Nada me pasa, nada me pasa.
- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
- Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?.

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Extraido del libro: Dejame que te cuente, de Jorge Bucay

jueves, mayo 14, 2009

Te echo de menos


Aire con suspiros de añoranza,
baila junto a este loco corazón.
Suena la musica del alma,
con notas de emoción.

.
La noche dibuja la mejor sonrisa,
con todas las estrellas iluminando el momento.
El aroma que se respira en la brisa,
alimenta infinitamente el deseo.
.
Y por momentos desaparece el tiempo,

los minutos los marcan los suspiros.
Dejando lugar a la imaginación de un encuentro,
que rompa todos los silencios.

martes, mayo 12, 2009

Ofensas y perdón




OFENSAS Y PERDON


Dice una bella leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje, ambos discutieron. Uno acabó dando al otro una fuerte bofetada. El ofendido, sin decir nada, se agachó y escribió con sus dedos en la arena: "Hoy me mejor amigo me ha dado una fuerte bofetada en la cara".

Continuaron el trayecto y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse. El que habia sido abofeteado y herido empezó a ahogarse. El otro se lanzó a salvarlo y evitó que perdiese su vida. Al recuperarse del posible ahogamiento, tomó un estilete y empezó a grabar unas palabras en una enorme piedra. Al acabar se podia leer: "Hoy mi mejor amigo me ha salvado la vida". Intrigado su amigo le preguntó:

-¿Por qué cuando te hice daño escribiste en la arena y ahora escribes en una roca?

Sonriente el otro respondió:

-Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir la ofensa en la arena donde el viento del olvido y del perdón se encargará de borrarla y olvidarla. En cambio, cuando un gran amigo nos ayuda o nos ocurre algo grandioso, es preciso grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento de ninguna parte del mundo, podrá borrarlo.


Extraido del libro "Aplicate el cuento" de Juame Soler y M. Mercé Conangla.

martes, mayo 05, 2009

Una piedra

Soy una piedra en el camino,
que no se mueve,
que lo ve todo pasar,
y tropiezan conmigo, sin nisiquiera mirar.
.
Soy una pidra en el camino,
cuando llueve me limpo,
vuelve de nuevo mi reluciente gris,
y vuelvo a brillar en el camino.
.
Y un dia llega una mano,
de un niño lleno de vida,
me lanza, dando botes por el agua,
y al descansar ya no estoy en el camino.
.
Soy una piedra, pero ahora soy alegria,
porque el agua me da una nueva forma,
porque el agua me lleva a lugares unicos,
soy una piedra que nace y ya no está,
yo era una piedra en el camino.

viernes, febrero 20, 2009

Para ti


Necesito de cada una de tus miradas,
para sonreír por el camino.
Necesito la sonrisa que me regalas,
la necesidad de estar vivo.
.
Respiro con cada uno de tus suspiros,
que se adentran dentro de mi;
formando una galaxia de deseos,
borrando todo lo que sufrí.
.
Te escribo con cada una de estas palabras,
todo lo que siento por ti.
Me encanta formar parte de nuestro cuento de hadas,
donde hemos luchado por vivir.

A mi dulce luna



Porque siempre estás ahí,

compañera de un mismo camino.

Donde los besos son nuestros pasos,

en la vida de un sueño divino.

.

Porque cada instante compartido,

cada paseo entrelazados de la mano.

Refuerza lo que un día fue un sueño,

un sueño hecho realidad.

.

A ti, mi dulce luna,

cada una de estas palabras.

Palabras de un loco poeta,

que se funde en el corazón.

Escribo para ti


Y del surgir de unas palabras,
nació la flor del amor.
Peinando cada uno de los sentimientos,
dando pinceladas de color.
.
Tormenta infinita de sensaciones,
recorriendo un mundo en mi interior.
Aferrado con fuerza a mi corazón,
con tu nombre tatuado en cada rincón.
.
Viajo y me lanzo a soñar,
porque me haces libre.
Te escribo estos versos, a ti,
quien amo y en mi futuro te deseo.